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Un mar de sentimientos complejos

Por Fernando Franco

27/09/2017 | Reportajes
Un mar de sentimientos complejos

Foto: David Herranz

Mi ópera prima, La herida, tuvo su primer pase público en el Festival de San Sebastián de 2013. Su inclusión en la sección oficial de ese año, y en un palmarés que nos otorgaba el Premio Especial del Jurado y el de Mejor Actriz para Marian Álvarez, supuso el empujón definitivo para que la película llegase a las pantallas y, más tarde, a las televisiones. Y ese fue precisamente el gran triunfo, más allá de los premios en sí: la visibilidad que adquirió la película; una visibilidad mucho mayor que la que imaginábamos mientras la rodábamos, sin siquiera tener la distribución asegurada.



Dos años después, en 2015, volví feliz a San Sebastián en calidad de productor de la maravillosa El apóstata, de Federico Veiroj. Curiosamente, aún recuerdo comentarle entonces a José Luis Rebordinos que andaba lidiando con una novela de Arthur Schnitzler con idea de adaptarla a la pantalla.

Otros dos años más y volvemos felices de nuevo a Zinemaldia con Morir dentro de la Sección Oficial. En esta ocasión como pase especial fuera de concurso. 

Morir es aquel proyecto del que hablé con Rebordinos pero, como siempre ocurre, las ideas se metamorfosean por el camino y a día de hoy ya no podría decir que la película sea una adaptación fiel de la novela que le da título. Desde aquella conversación con José Luis, el guión, en sus sucesivas versiones coescritas junto a Coral Cruz, fue separándose libremente del original hasta llegar a algo que, si bien bebe de la inspiración que catalizó Schnitzler, lo que pretende realmente es nutrirse de su espíritu, de su alma.

En este sentido, Morir habla de la fragilidad del amor y lo hace desde el retrato del momento de vértigo de una pareja: una encrucijada en la que los límites entre el blanco y el negro, lo bueno y lo malo, se diluyen en un mar de sentimientos complejos, muchos de ellos contradictorios, quizás incómodos, pero no por ello menos humanos. 

Y es justamente eso lo que más me atrae de este proyecto: el reto de confrontar al espectador con estas contradicciones, intentando que las haga suyas de tal manera que la línea de la empatía sea quebradiza, por no encajar en un molde predefinido.

Es un reto que ha sido complejo pero, precisamente por eso, estimulante. Y con ese ánimo lo hemos hecho, con cariño y rigor. Y como más me gusta trabajar: en familia. Marian Álvarez y Andrés Gertrúdix me han regalado (de nuevo) unas interpretaciones sobresalientes. Koldo Zuazua y Guadalupe Balaguer me han vuelto a arropar desde la producción. Y suma y sigue con todos los departamentos involucrados. De hecho, la mayor parte de los que hicimos La herida repetimos, tanto delante como detrás de las cámaras. Por eso volver a Donosti es, en cierto modo, para nosotros como volver a casa.

Volvemos con la meta que nos posibilitó el festival hace cuatro años, aquella de darle visibilidad a una película que esta vez, eso sí, hemos podido hacer con mayor comodidad (con la distribución de Golem y las ventas de Film Factory aseguradas de antemano). Y lo hacemos con la mentalidad de mi querido Kaurismäki cuando decía que no hay que entender las películas como caballos de carrera.



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