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José Salcedo, el aliado impecable

La Academia de Cine premia con su Medalla de Oro 2017 a un veterano de la sala de montaje

19/09/2017 | Reportajes
José Salcedo, el aliado impecable

Foto: Pepe Salcedo junto a Almodóvar, Alberto Iglesias y Esther García

Conoce las leyes del montaje al dedillo, pero más allá de los cortes, las transiciones, la medida de los planos y las secuencias, está su talento creativo, su sensibilidad artística, su mirada valiente y el poner por encima de todo  la película en la que participa. Siempre risueño, José Salcedo es uno de los más potentes montadores españoles, oficio al que llegó con 22 años tras haber superado un periodo de aprendizaje con dos grandes maestros: Pablo del Amo y Pedro del Rey. Lo suyo son años –desde que montó su primera película a principios de los setenta es un habitual en los créditos de nuestro cine y su nombre va unido a obras completas– y muchas historias –más de 150–, 'el confesionario' (la sala de montaje) no tiene secretos para este manchego reconocido con la Medalla de Oro de la Academia 2017 y ganador de tres Premios Goya por Mujeres al borde de un ataque de nervios, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto y Todo sobre mi madre.


Por Chusa L. Monjas



“Montar con Pepe fue un lujo desde el principio. Y un vicio de los que crean hábito. No solo es un técnico que domina a la perfección tanto el montaje clásico como el moderno, sino que puede llegar a solucionar problemas en principio irresolubles, como montar planos que no se han rodado”, relata el cineasta Pedro Olea, que recuerda que en El maestro de esgrima faltaba un plano clave para una escena de acción. “No lo había rodado, claro, y el decorado se había desmontado. Pepe, saltándose un raccord que hubiera escandalizado a un montador más convencional, solucionó mágicamente el problema sacando de su chistera un plano trampantojo de la misma secuencia. Funcionó perfectamente y nadie lo notó. Lo del lujo de trabajar con Salcedo es por cosas como esta y, sobre todo, por su dominio del rigor y del ritmo cinematográfico. Y por su sorprendente capacidad de trabajo. No sabe negarse a quien pide su colaboración y puede montar varias películas a la vez –lo normal en él ha sido una por la mañana y otra por la tarde–, sin perder detalle de ninguna y sacando el máximo partido de todas”, cuenta.

Olea conoció a Salcedo a través de Eloy de la Iglesia –era montador suyo y también de José Luis Borau, Gutiérrez Aragón, Pedro Almodóvar…–, y el clima “relajado y divertido” que Salcedo creaba en el trabajo le parecía envidiable. Desde Akelarre al inédito telefilme La conspiración, Salcedo ha ejercido su complicidad a lo largo de siete largometrajes en los que Olea ha participado como director y en dos como coproductor, “aportando siempre un gran sentido del humor, tan necesario en una fase de la producción que tiene bastante de claustrofóbica y que él convierte casi en un picnic a pleno sol. Por encima de su calidad de montador, Pepe es un tipo sensacional. Tenerle como montador es eso: puro vicio”.

Olea cita a Orson Welles, que solía decir que el cine es el mejor tren eléctrico que le pueden regalar a uno. “También ese tren eléctrico puede aparecer en la sala de montaje, donde cobra sentido el oficio del cómplice perfecto del director: el montador. Pepe, muchas gracias por haber compartido conmigo tantas veces esa sala del tren eléctrico que ha sido siempre tu montaje”, destaca.

 

Un ejemplar único 


Montador por excelencia de Pedro Almodóvar, que ha contado con este veterano técnico en todas sus obras desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón hasta Julieta, Salcedo ha compartido su larga carrera con Agustín Díaz Yanes, Jaime Chávarri, Gonzalo Suárez, Manuel Gómez Pereira, Santiago Tabernero, Daniel Calparsoro y Buñuel, con el que comenzó de ayudante en Tristana. Una extensa lista en la que figuran Yolanda García Serrano y Juan Luis Iborra, con los que  el montador colaboró en la que era su primera película detrás de la cámara, Amor de hombre. “Lo primero que me sorprendió fue su respeto hacia unos directores novatos e inexpertos. Nos trató como si tuviéramos una larga trayectoria, pero ante nuestros nervios nos dijo que no nos preocupáramos porque si él veía que faltaba algún plano, como iba revisando el material a diario, nos lo diría para arreglar el entuerto. ¡Y anda que no ha solucionado errores nuestros de novatos! Desde el primer día, tuve la sensación de que tras esos ojos tristes y gamberros a la vez, se encontraba un hombre de inmensa personalidad. Y no me equivocaba. Me fascinan su profesionalidad, su sentido del humor y su discreción. Jamás hace comentarios sobre los directores con los que trabaja, como mucho algún halago esporádico, y eso te da confianza”, rememora García Serrano.

La directora, guionista y dramaturga conecta con la gente que tiene sentido del humor ácido, “así que con Pepe fue fácil. Nos llamaba Telma y Juan Luis”, apunta, y solo tiene elogios para este profesional nacido en Ciudad Real “que sabe todo sobre su profesión. Era un placer verle montar nuestra película en moviola, con la delicadeza de un cirujano haciendo un trasplante. Y nos hacía propuestas de montaje para que diéramos nuestra opinión. No le importaba lo más mínimo montar un plano, deshacerlo y volverlo a montar. Su equipo trabajaba con él con una precisión que me dejaba boquiabierta. Es único para crear un ambiente distendido con el equipo, pero con un rigor exquisito. Y cuando hubo que montar en el ordenador, lo hizo como si los secretos del montaje no se pudieran esconder detrás de un sistema digital”, apunta.

Salcedo ganó para siempre a García Serrano. Se cayeron tan bien que en la siguiente cinta que hizo con Iborra, Km. 0, el montador hizo un cameo como taxista. Otros directores se lo habían pedido antes y se había negado “porque es muy tímido. Con nosotros bastó un: Pepe, por favor, nos gustaría que salieras”, cuenta la cineasta, que ha compartido muchas risas y muchos cigarros con Salcedo. “Ahora los dos hemos dejado el tabaco, por suerte. Y como también tenemos una hija única cada uno, de edades aproximadas, compartíamos orgullosos sus logros, sus carreras, sus vidas profesionales después... Además, hemos sido vecinos muchísimos años, así que nos veíamos fuera del trabajo, para comer, charlar, reír”.

A Yolanda García Serrano también le llama la atención la humildad del montador. “Podría ser un ser vanidoso. Es muy difícil escapar a eso cuando sabes que haces tan bien tu trabajo, pero Pepe nunca ha presumido, nunca se le ha escapado un detalle sobre sus reconocimientos. Juro que en esta profesión es un ejemplar único. Soy feliz por haberlo conocido y estoy deseando volver a compartir risas con él”.

 

Una entrega total

 

Muchos cineastas confían a lo largo de los años en profesionales a los que les une la admiración y la amistad. Excepto en Habla mudita y Feroz, Pepe Salcedo ha sido un fijo en los equipos de Manuel Gutiérrez Aragón. Empezaron a la vez en el cine y Salcedo pasó de técnico a amigo del director y escritor cántabro, que se ha pasado “media vida sepultado en la cueva del montaje con él. Está muy al servicio del director, siempre tiene una actitud positiva y está dispuesto a ayudar. Es muy bueno arreglando todos los desperfectos que se producen en un rodaje y aprovechando lo mejor de lo que has filmado. A los actores siempre les decía que tenían que edificar un altar a Pepe”, dice. 

Su paciencia, su buen humor y su actitud receptiva con el director son para Gutiérrez Aragón algunas de las muchas cualidades de Salcedo, quien ejerce un efecto “muy beneficioso y agradable” cuando trabajas con él al transmitirte la sensación de que “todo se puede arreglar. Eso sí, cuando no reconoce algo como propio de tu estilo, se erige en guardián de la ortodoxia y te dice ‘no, tu no lo haces así; no, tu no haces eso’”, señala.  

Rosa Ortiz eligió ser su sombra y durante 30 años fue su ayudante. “El cine es su vida y la sala de montaje su casa. Se concentra tanto que se mete en la película, la moviola y él son uno. Su entrega es total”, subraya la técnica, que de Salcedo destaca su mirada. “Ve el material y encuentra cómo construir la secuencia, sabe en qué momento falta un plano y se lo dice al director porque defiende a muerte lo que cree”. 

Buen profesional y buen jefe, porque Salcedo enseña a sus ayudantes “y nunca nos culpa de los errores que cometemos, de los que siempre se hace responsable. Yo había puesto un plano al revés y cuando fuimos a proyección y lo vimos, Pepe asumió el fallo y dijo: no pasa nada, me he equivocado”. 


 

Foto: © Pipo Fernández

 

El mejor montaje posible 



Con el tiempo, José Salcedo y el director Josetxo San Mateo han desarrollado una relación de hermanos que se remonta a los tiempos en que los dos estaban haciendo el servicio militar. En esa época, San Mateo era ayudante de dirección y, con permiso de Pablo del Amo, iba a los estudios EXA, donde Salcedo estaba de ayudante. “Me sentaba a su lado en la moviola para tomar nota y aprender el ritmo de una secuencia”, rememora el director, que menciona que Salcedo hizo la mili en oficinas. “No vestía uniforme y mantenía el pelo sin rapar. Le decía que un día en mis patrullas le pillaría en algún despiste y le metería un ‘puro’ y más de una vez le seguía con mis compañeros hasta el metro para ponerle nervioso. Todavía nos reímos de esos tontos momentos”.

Coincidieron en muchas películas. Salcedo como montador y San Mateo de ayudante de dirección. “Me llamaba para comentar los planos que habíamos rodado o que deberíamos rodar, por necesidades del montaje. Su visión era el punto frio de la película, estaba ajeno a todos los problemas que podían haber surgido en determinada secuencia o plano al rodarlos y que hacían que te enamorases de ellos por lo que habían costado prepararlos y terminarlos, pero que muchas veces rompen o alargan demasiado una historia, y él siempre ha sido único para elegir el momento del corte o incluso para desecharlos”.

No podía ser de otra forma. Salcedo ha montado todos los trabajos que ha realizado Josecho San Mateo. “Vemos el material, no comentamos nada, nos vamos a tomar unos vinos, hablamos del Atlético y de política, nada de la película ni de lo visto. Dejamos reposar y luego un sábado incluso algún domingo te llama y te propone que nos veamos en montaje. ¡Qué habrá descubierto ! Sentado a su lado ves lo que habías imaginado ideal para ese final y que pensabas que no habías rodado”. Le pasó con Báilame el agua. “Los seguidores que tiene la película me felicitaron emocionados por ese final que descubrió Salcedo la madrugada de un sábado en Cine Arte –donde tenía que haber tenido una habitación porque ha vivido más tiempo allí que en su casa–”. 

Dice San Mateo que cree que Salcedo no ha veraneado nunca y que solo ha visitado algún rodaje en exteriores para usar material montado con el director. “Un vez vino a San Sebastián un fin de semana para un visionado. Fuimos de gran comilona y copitas y se volvió a Madrid sin que hubiésemos visto el material, pero estábamos seguros que era el mejor montaje posible”.

Son muchas las horas que este técnico que monta desde el corazón ha pasado en la sala de máquinas, donde surge ese momento en que la secuencia maldita coge ritmo y sentido “y que gracias a esa magia que posee Salcedo se convierte en imprescindible para la historia que estás contando. Esa historia de nuestro cine que no acumularía grandes películas sin su montaje”, añade San Mateo.



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