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Por amor al disco

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Entrevista a José María Benítez

José María Benítez (Madrid, 1976), productor discográfico y fundador de Quartet Records, uno de los sellos más influyentes de cuantos editan música cinematográfica en el mundo, nos recibe orgulloso en su estudio de la capital. Al amplio ramillete de ediciones discográficas de bandas sonoras españolas e internacionales editadas por su compañía durante 2016, suma ahora un nuevo retoño: Archipiélago, una colección esencial de cien temas que coronan los veinticinco años de carrera discográfica de nuestro compositor más premiado, Alberto Iglesias. Solo unos pocos menos, pese a su juventud, lleva en el negocio este madrileño que en 1997 no dudó en convertirse en uno de nuestros pioneros en este campo.


Por Miguel Ángel Ordóñez
y David Rodríguez Cerdán

¿Cómo empezó su carrera en la música de cine?

Entré en contacto con algunos compositores españoles con el fin de entrevistarles para una revista. Lo cierto es que había una ausencia inexcusable de su música en el panorama discográfico español, y tuve la loca idea de planteármelo. Empecé haciendo labores de mediación con BMG Ariola y Vinilo, pero ante la falta de un interés real decidí dar el salto y editar algunos trabajos por mi cuenta, como Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, de Bernardo Bonezzi; La camarera del Titanic, de Alberto Iglesias; o Tu nombre envenena mis sueños, de José Nieto. A partir de ahí, tuve una oferta de distribución del sello Karonte y como para mí era difícil –tenía por entonces poco más de veinte años– poder afrontar los esfuerzos económicos de editar esos trabajos, llegué a un acuerdo con ellos y trabajé haciendo la producción. Estuve unos siete u ocho años allí y sacamos casi cien discos. Varios años después decidí crear un nuevo sello y de ahí surgió este proyecto actual, con unas miras mayores, con la idea no solo de seguir haciendo camino en el mercado nacional sino abrir las puertas al internacional con la publicación de trabajos de fuera...
 

Todo eso solo.

Sí, el problema hasta entonces era también sobre la línea editorial que yo quería implementar y sobre la que no podía tener control absoluto. Mi mayor deseo pasaba también por rescatar obras del pasado, centrarme en compositores que me interesaban, dar un toque más exclusivo y un enfoque más preciso a las ediciones. El mundo de la edición discográfica sobre música de cine también estaba cambiando con la aparición de la venta por internet, el mercado de las ediciones limitadas. Nuevos retos.
 

¿Cómo se ha adaptado a los cambios de estos últimos años en la industria discográfica?

Este mercado tiene un cliente muy fiel. No son miles. Salvo películas muy populares, nunca se han vendido más de 2 000 ó 3 000 copias de un trabajo concreto. Lo que hizo internet fue crear una especie de club. Los aficionados de todo el mundo aprendieron dónde podían acudir para comprar lo que demandaban. Todos los sellos estaban a la distancia de un clic, lo que ha ayudado principalmente a que el fenómeno coleccionista esté al alcance de todos, se ha dado una globalización que era el caldo de cultivo perfecto para poder lanzarse a la edición discográfica de una manera más sencilla y libre. Para el coleccionista ya no hacía falta preparar un viaje a Londres o París para ver si era capaz de encontrar un determinado LP o CD.
 

Parece que el soporte digital es la apuesta de futuro de las grandes compañías. Los coleccionistas por otro lado siguen agarrados al físico como soporte ideal. ¿Qué estrategia y equilibrio de fuerzas plantea con su sello en esta especie de ‘batalla’ de formatos?

Bueno, el planteamiento debe tener en cuenta la generación a la que te diriges. La nueva generación parece que sí apuesta más por el soporte digital. En el cine actual la publicación de bandas sonoras está copada en más del 50% por el soporte digital frente al físico, con la convivencia de ambos en una gran parte de ediciones. Los aficionados actuales también se decantan por el streaming, por plataformas legales como Spotify para escuchar primero las obras. Si lo que editamos son obras del pasado y no actuales, mi experiencia es solo a través de soporte físico, ya que nuestras licencias para este tipo de publicaciones están limitadas a ese formato. Con un renovado interés por la moda retro, en breve es posible que nos lancemos también a la edición de vinilos. Por otro lado, la piratería sí afecta, pero creo que menos que en otros géneros musicales, precisamente por el tipo de aficionado –coleccionistas– que se interesa principalmente por la música de cine. Al sector digital le afecta muchísimo pero no tanto al que se interesa por el físico. En los últimos años han bajado mucho las descargas legales a través de plataformas como iTunes, pero al mismo tiempo ha crecido la facturación por escuchas a través de streaming como Spotify o Youtube, aunque la proliferación de plataformas ilegales puede hacer mucho daño. Por fortuna, trabajamos con un distribuidor en Francia que persigue con mucho ahínco el tema de la piratería. Es una pena que en este país no se luche contra esa lacra como se hace en muchos otros del mundo civilizado. Al margen del aficionado, también nos interesa el público general que compra en función de si le ha gustado una película y que no tiene más de cinco bandas sonoras en su colección. Ahí es importante la intuición y la suerte… si una película va a ser muy vista o no.
 

¿Cuáles han sido sus mayores éxitos de ventas dentro del cine nacional?

Sin duda La piel que habito, de Alberto Iglesias, y Lo imposible, de Fernando Velázquez. También Relatos salvajes, de Gustavo Santaolalla, especialmente en el mercado digital. Aunque no sea española, pero sí realizada por un compositor de aquí, La cumbre escarlata, nuevamente de Velázquez, ha supuesto un gran éxito de ventas.
 

¿Cuáles son los mayores retos a los que se enfrenta?

A la publicación de muchos trabajos que suponen un riesgo económico claro, pero que los afronto porque su calidad musical me obliga a hacerlo. Es una idea romántica a la que no puedo renunciar.
 

A la hora de barajar las diferentes opciones para publicar álbumes de música cinematográfica española, ¿cuáles son los criterios que pondera?

Como no tengo un comité de dirección ni una junta de accionistas que tome decisiones, básicamente es mi criterio, lo que me gusta. Afortunadamente tengo gustos omnívoros. La relación con el compositor es también muy importante. Trabajo con algunos de manera muy asidua. También que me haya gustado mucho la película y el trabajo en ella. Soy bastante impulsivo y romántico.
 

¿Cuáles son los cauces habituales para iniciar el contacto? 

Cuando empecé lo hice de la mano de algunos compositores con los que tengo muy buena relación y me encanta su trabajo como Alberto Iglesias, Pascal Gaigne o Fernando Velázquez. Hay veces en las que yo busco al compositor porque me gusta lo que hace o la música en una película concreta, pero también hay muchos compositores que se ponen en contacto con el sello e intento ser selectivo porque me marco una limitación de discos que quiero lanzar.
 

El sello ha crecido en prestigio y ha obtenido un reconocimiento internacional muy importante. ¿Cómo se gestiona tanto talento?

Todos los compositores tienen una manera de entender la música muy personal. A todos los conocía de antes y cuando les contacté se mostraron muy interesados en mi visión. Han ido viniendo uno tras otro y creo que están contentos porque somos un sello que ama la música, no hacemos que todo gire alrededor del negocio, sino que apostamos también por trabajos más pequeños pero siempre personales. Además confío en que les guste que el sello persiga una estética propia y una presentación muy visual. Editamos música de cine y no podemos olvidar que el cine es visual.
 

¿Qué otros compositores le gustaría añadir al listado?

Alexandre Desplat, sin dudarlo. También me gusta el trabajo del islandés Jóhann Jóhannsson, el francés Pierre Adenot del que ya publicamos La bella y la bestia, el polaco Jan A.P. Kaczmarek y el italiano Franco Piersanti. Pronto empezaremos a trabajar con el inglés Stephen Warbeck, quien ganó el Oscar por Shakespeare in Love.
 

Ha exhumado algunas obras maestras de Waldo de los Ríos y algunas grabaciones de maestros de nuestro cine. ¿Sueña con que algún día este tipo de recuperaciones patrimoniales puedan ser protegidas a nivel institucional?

Desde luego que sí. Es muy triste que en otros países como Francia, mi colega Stéphane Lerouge esté salvando el patrimonio francés y tenga todo tipo de apoyos institucionales y que aquí no haya nada ni interese. Hemos logrado salvar algunas cintas de Waldo de los Ríos, Carmelo Bernaola, Alfonso Santisteban y Antón García Abril, una parte muy pequeña de nuestro patrimonio. Por otro lado, en este tipo de productos las ventas son muy arriesgadas, tienen un trabajo de restauración muy importante y costoso, el problema de la adquisición de unos derechos que a veces desconocemos a quién pertenecen… en fin, por mí no va a quedar y vamos a seguir intentándolo, pero parece una idea quijotesca, llena de trabas y dificultades.



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