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"Para escoger personajes me fío del estómago"

Ricardo Darín es el destinatario de uno de los tres Premios Donostia del 65 Festival de San Sebastián 

26/09/2017

Foto: ©Enrique Cidoncha

Ricardo Darín se convertirá en San Sebastián en el quinto intérprete que recoge el Premio Donostia en español. El actor argentino llega al certamen con película nueva bajo el brazo –La cordillera, de Santiago Mitre, en la que da vida a un presidente de la República lleno de claroscuros– y con una amplia carrera a sus espaldas, que le ha situado como uno de los escasos rostros reconocibles por todo el cine iberoamericano. "Emocionado" por un reconocimiento que nunca llegó a imaginar, Darín revalida en el festival donostiarra su apuesta por continuar trabajando siempre en su idioma: "más que un capricho, una cuestión de supervivencia".


Por Enrique F. Aparicio




Usted es habitual de San Sebastián y fue premiado por Truman junto  a Javier Cámara. Sin embargo, ¿qué siente al ser el protagonista este año con el Premio Donostia?

Nunca me lo imaginé. Los años han pasado muy rápido para mí. Es probablemente el festival que más queremos mi mujer y yo. Siempre nos han recibido de maravilla, tenemos amigos en San Sebastián… Incluso más allá de la gente del festival, hemos hecho amigos por la cantidad de veces que hemos ido y por el amor con el que nos han tratado. Esto es algo que no solo no esperaba, es que no me lo podía imaginar, porque cuando uno adquiere esta especie de frecuencia familiar con un lugar y con su gente, difícilmente espera un reconocimiento de esta magnitud, porque en la familia no suelen valorarnos tanto, por la cercanía [ríe]. Estoy conmocionado, si no fuera porque tengo tanto trabajo, estaría todo el tiempo pensando en ello. He dejado que las cosas fluyan, y espero el momento de ir a San Sebastián, esos tres días que espero disfrutar con amigos y con gente querida. Estoy muy emocionado.

El Premio Donostia, que es a toda su carrera, ¿le ha hecho evaluar de alguna forma lo que ha construido hasta ahora?

Un premio así te obliga a mirar hacia atrás, cosa que yo normalmente no hago. He trabajado mucho, he tenido suerte, he formado parte de grandes equipos con gente talentosa y generosa, que me ha abrazado y me ha enseñado, me ha llevado a hacer cosas distintas… Cuando uno mira ese mosaico de muestras, no puede dejar de pensar en toda la gente que ha intervenido en ello. Y es una multitud.

¿Destacaría a alguien?

Hay una lista larga de gente que ha tenido confianza en mí, aún cuando nadie la tenía. Que me ha extendido su mano y me ha empujado a atreverme a hacer cosas que no había hecho nunca. Eduardo Mignogna, Juan José Campanella, Fabián Bielinsky, Pablo Trapero, Marcelo Piñeyro, Fernando Trueba, Martín Hodara, Sebastián Borensztein… No puedo olvidarme de ninguna forma de mi directora de televisión, Diana Álvarez, que en el año 82 fue quien tuvo que pelearse con los directivos de un canal para que me aceptaran. Ella se jugó la piel por mí y eso no lo olvidaré jamás.

¿Encara uno el oficio de otra manera tantos años después?

Uno va aprendiendo por el camino. Aprende a darle un sentido prudente a las palabras éxito y fracaso, porque entiende que lo importante es el camino: qué aprendes, qué cosas incorporas, con quiénes te vas cruzando, el intercambio de ideas y de pareceres… Juzgo que eso es lo más importante que me ha ocurrido, más allá de los premios y los reconocimientos. Lo más importante es la gente con la que me he encontrado.
 

Después de tantos papeles, ¿le cuesta elegir? ¿Qué utiliza para escogerlos: intuición, consejo…?

Lo que más uso es el estómago. Cómo me pegan las historias, si me hacen vibrar o no. Si creo que aportan algo o no. Luego hay otros aspectos que evaluar, pero siempre en segunda o tercera instancia. Lo primero es la historia. Lo primero es un cuento, una idea, y tratar de ser fiel a uno mismo, en el sentido de reconocer si algo te funciona íntimamente o no. 

Para nosotros este Donostia también es del cine español, ¿usted lo siente así?

Cómo no sentirlo así, desde tiempo inmemorial nos unen lazos, pero sobre todo en los últimos años. Ha habido una frecuencia inédita de intercambios, de coproducciones, de estímulos… Si alguien ha apoyado al cine argentino es el cine español, logrando historias tan edificantes y reflexivas. Hace poco, en los Premios Platino, donde tuve la suerte de ser homenajeado, hablábamos del cruce entre nuestras cinematografías iberoamericanas, tan importante y que muestras tan sólidas de creatividad y talento están ofreciendo. Nuestros guionistas, directores, productores, técnicos y actores demuestran cada día que podemos hacer las cosas y podemos hacerlas muy bien.
 

Se suma así a Paco Rabal, Fernando Fernán-Gómez, Antonio Banderas y Carmen Maura.

Al escuchar esos nombres no me lo puedo creer, se me pone la piel de gallina. Son todos actores y actrices que admiro muchísimo, por diferentes motivos. Cada uno con su estilo y personalidad, gente que ha hecho tantas películas, tantas historias, que nos han conmovido de una forma tan impactante. Es un doble honor formar parte de ese grupo. Algo que no me podía imaginar quince o veinte años atrás. 

Se ha labrado una carrera en España sin tener que forzar el acento. ¿Cree que es indicador de una evolución en ese intercambio entre nuestros cines?

Recuerdo muy bien a mis colegas antecesores que, por distintos motivos, algunos políticos, tuvieron que emigrar de Argentina y buscar refugio en España. Y lo que les ha costado –a pesar de su talento– poder insertarse en un mercado que, de una forma o de otra, les exigía que intentaran copiar el acento español. Cosa que es entendible, pero hoy tenemos la suerte de que una película colombiana, mexicana, chilena, uruguaya, paraguaya… de las distintas latitudes iberoamericanas, no necesite ser traducida. Obviamente todos tenemos que aguzar un poquito el oído. Recuerdo cuando vi Barrio, una maravilla de película, pero los primeros diez minutos no entendía nada, hasta que el oído se me acostumbró. Hace falta solo ese pequeño esfuerzo.

Siempre se cita como el gran déficit del cine iberoamericano la falta de distribución: hay muchas películas que no llegan, aun cuando son coproducidas entre varios países. ¿Coincide en el diagnóstico?

Coincido tristemente. Algo ha ocurrido que no ha acompañado el esfuerzo de las productoras y otros entes nacionales, y la respuesta hemos de buscarla en la injerencia de las grandes empresas a la hora de distribuir y de achicarnos el espacio. Y también, por qué no decirlo, en el gusto y el paladar de algunos distribuidores. Yo tengo la suerte de viajar mucho, paso algunos meses del año en España, y he tenido la oportunidad de ver películas que me encantaría que se vieran aquí. No solo en Buenos Aires: en Montevideo, en Santiago, en Lima… en todos los rincones latinoamericanos. Estoy seguro de que llegarían al corazón de la gente. Ahora noto que algunos distribuidores están afinando el gusto en ese sentido, e intentan traer material con más frecuencia. Tengo confianza en que esta situación se va a revertir.

Precisamente con una coproducción llega a San Sebastián, La cordillera. En ella encarna al presidente Hernán Blanco: poderoso, complejo, disfrazado de hombre común… ¿Cuál es su historia con este personaje?

El personaje me llega de la mano de Santiago Mitre y Dolores Fonzi, que me presentaron esta idea hace un tiempo, cuando todavía no estaba terminada la primera versión. Desde el principio me interesó la idea de hablar de la problemática de un alto funcionario, con la presión de una exposición pública notoria y que al tiempo tiene que lidiar con cuestiones personales, familiares, íntimas. Esa fusión me pareció muy atractiva, así que desde el principio les dije que me interesaba.

Después el proyecto tomó una envergadura que no sospechaba, y hoy en día estamos conmovidos por la repercusión. Casualmente mañana [por 15 de agosto] se estrena la película aquí en Argentina, y ayer [por 13 de agosto] hubo elecciones. Ha sido una casualidad y no alcanzo a imaginar las posibles reacciones. 

La cordillera se disfraza de thriller político para acabar revelando relaciones familiares, percepción de uno mismo, secretos, poder… ¿Qué le ha movido de esta historia?

Tiene muchas capas, es un guión que ha sido escrito con mucha inteligencia, con mucho tacto también. Logra inmiscuirse por rendijas imperceptibles. Permite que posemos la mirada en zonas a las que normalmente los ciudadanos comunes no llegamos. Esos momentos en los que los altos funcionarios se quedan solos, con su propia conciencia. Eso es lo que me resulta más interesante.

Con Mitre es la primera vez que trabaja, pero en su carrera parece haberse convertido en intérprete de confianza de Juan José Campanella, Cesc Gay, Pablo Trapero… ¿le gusta repetir con los realizadores?

No es que especialmente me guste, aunque trabajar con un amigo, alguien de quien conoces las formas, la esencia, siempre es un camino más allanado. He hecho muchas óperas primas, he tomado el riesgo de sumergirme en un proyecto de alguien a quien no conocía en profundidad, porque forma parte de lo que creo que un artista debe hacer: tomar riesgo.

¿Hasta qué punto es importante la relación actor/director en el resultado? ¿Ha cambiado con el tiempo su trato con ellos?

No es una garantía de nada, pero el hecho de conocer a alguien, conocer su sensibilidad, hace que los caminos se junten, al menos tangencialmente, por un momento. Las discusiones pueden ser más abiertas, la contribución de ambas miradas más afinada. Los actores queremos encontrarnos con un buen director que nos dirija. Los actores necesitamos ser dirigidos, para tener una buena selección de nuestras posibilidades, de nuestras herramientas. Cuando logramos un vínculo de confianza con alguien es cuando nos atrevemos a hacer cosas que nunca antes habíamos hecho.

Cuando un actor iberoamericano alcanza un cierto estatus, se suele esperar que dé el salto a Hollywood. ¿Lo suyo ha sido una apuesta personal?

Más que una apuesta ha sido no renunciar a trabajar en mi lengua, porque hay cuestiones que se escaparían a mi entendimiento, me quedaría parado frente a un abismo. No es un capricho el que me haya abrazado a mi lengua, es una cuestión de supervivencia y de necesidad. Por otra parte, no he dejado que me atormente la idea de que la meta sea ir a Hollywood, nunca me ha ocurrido y no creo que ya nunca me ocurra. Me resisto a trabajar en otros idiomas, aunque lo he hecho algunas veces, porque la herramienta más importante para un actor es el pensamiento, y yo pienso en mi lengua natal.








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