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Álex de la Iglesia: "El miedo nos descubre cómo somos"

Álex de la Iglesia estrena El bar, su “visión del mundo” donde un grupo heterogéneo de personajes deberán enfrentarse a sus miedos y a sí mismos

24/03/2017
Álex de la Iglesia:

Mugre, suciedad y parásitos a escala gigantesca abren los títulos de crédito del decimocuarto largometraje de Álex de la Iglesia, un director “en tierra de nadie”, entre el cine de género y el de autor, que aboga por impedir que la economía y la política interfieran entre el cine español y su público. Tras su paso por el Festival de Berlín y el Festival de Málaga, hoy estrena El bar, el “descenso a los infiernos” de unos personajes incapaces de ponerse de acuerdo para lograr su objetivo común.

por Enrique F. Aparicio




El bar, desde su propio título, nos ubica en un universo que por una parte es muy concreto pero también se reconoce como universal. ¿Qué le atrajo de un bar como escenario?

El bar es una imagen del mundo, una imago mundi, un entorno cerrado que sirve para representar el drama humano. Por un lado, la gente que entra en el bar es heterogénea, no hay una cualidad que los aúne, son totalmente distintos. En ese sentido resulta completamente democrático, y en el caso de la película casi arbitrario: hay un barrendero municipal, un oficinista, una señora ludópata, un vagabundo atraído por el olor de las porras y el aguardiente que le calientan del frío de los cartones de la noche… También un creativo de una agencia de publicidad, que considera que el sitio es muy auténtico y por eso le gusta, y una niña bien que entra por casualidad, a cargar el móvil, y eso la lleva a la perdición.

En un bar esas personas tan distintas se encuentran muy cerca, pero no tienen ni por qué entablar conversación, cada una está en su mundo. Por eso de alguna manera también están muy lejos. Es algo que me recuerda a la vida en general y a este país en particular.

 

Esos personajes de distinto estrato y condición deben enfrentarse juntos a una situación límite. ¿El miedo nos hace iguales?

No solo eso, el miedo les hace situarse en una nueva jerarquía. Hay una primera fase en la que los personajes se relacionan según su estatus social, y hay gente más importante que toma las decisiones frente a otros que las acatan. En el segundo acto, cuando aparece el miedo, surge el verdadero yo de las personas. Quien es capaz de sobreponerse a ese miedo y dominarlo sube puestos en el escalafón; mientras que otros, acostumbrados a mandar, bajan de categoría porque no son capaces de gestionarlo. El miedo los pone en su sitio, y sobre todo nos descubre cómo somos.

El vagabundo, por ejemplo, vive todos los días una situación extrema. Todos los días son el último día, por eso es capaz de tomar decisiones con una facilidad pasmosa. Es el que encuentra las soluciones, frente a los demás que están paralizados ante lo que están viviendo, una vez desaparece esa hipocresía social que los mantenía a flote.

 

Frente a esa amenaza desconocida, ¿nuestra naturaleza tiende a desconfiar o a colaborar entre nosotros?

La película se estructura en tres fases: el descubrimiento del misterio coincide con el descubrimiento moral de cada personaje, que a su vez se corresponde con una pirámide invertida, en la que los personajes van bajando como en La divina comedia. El primer acto es la vida, en el que los personajes tienen miedo a algo que hay fuera, al otro lado del escaparate. Es el momento de la imaginación, en el que se generan complots. En la segunda fase bajan al purgatorio, donde se limpian de sus pecados, se desnudan. De hecho se desnudan físicamente. Ahí empiezan a pensar que lo que está ocurriendo puede no estar fuera sino dentro, y empiezan a sospechar unos de los otros. Y por último, atravesando un agujero que es casi un útero materno, caen al infierno, donde se descubre la clave: el miedo no radica en agentes externos ni en miembros de tu tribu, sino dentro de ti mismo. Eres tú el que provoca el drama que define tu vida.

 

¿Es esta su imagen de España?

Somos el país más humano de todos los países del mundo. Cometemos los errores y los pecados de una manera absoluta. Pero El bar es más bien cómo veo el mundo, no solo España. Somos gente que vivimos muy cerca unos de los otros y no llegamos a generar una relación personal, no nos atrevemos a mirarnos a la cara. Y sobre todo a resolver los problemas y tener un objetivo común. No nos ponemos de acuerdo para solucionar cuestiones que nos competen a todos.

 

Son los personajes más jóvenes y que menos tienen que ver con el ecosistema del bar, Elena (Blanca Suárez) y Nacho (Mario Casas) los que sí consiguen más o menos colaborar entre ellos.

De hecho la película se resolvería en el primer acto si esos personajes lograran hablar entre ellos en un momento dado. El conflicto se da por esa falta de comunicación. Son ellos los que más se acercan a la verdad. El personaje de Mario se descubre como cobarde, alguien que no es capaz de hacer lo que debería hacer; y Blanca en un primer momento es la que marca el rumbo, de una manera muy astuta. Parece la buena, pero también puede que sea la que sabe manipular a los demás de una manera más inteligente. Consigue que los demás hagan lo que ella quiere sin mancharse las manos.

 

Un bar de toda la vida, un especial de nochevieja, un circo… Da la impresión de que le interesan los espacios en declive, a punto de desaparecer.

Hay una necesidad de equiparar el drama de los personajes con el drama del espacio que habitan. Me interesan lugares que expresan una sensación de desapego, de crisis. Los especiales de nochevieja prácticamente son ya un recuerdo. El bar que retratamos es casi un museo, es una manera de ver la vida que se confronta con espacios tipo Starbucks, que sería el equivalente más actual. Creo que eso me ayuda a entender la historia: los entornos que enriquecen a los personajes.

 

 

Ha convertido la mezcla de thriller de acción y comedia negra en un estilo con el que se le identifica, ¿cree que en el cine español pesa más la autoría o el género? 

De alguna manera yo ayudé, con Acción mutante y El día de la bestia, a abrir el cine de género, pero ahora lo que me gusta tampoco tiene mucho que ver con ese cine. Me encuentro en una tierra de nadie: digiero el cine de género para después generar algo diferente. Por otro lado, manejo un lenguaje que podría identificarse con cine de autor pero tampoco lo es del todo, porque también depende mucho del público. Estoy en medio de esos mundos y es algo que me gusta, porque no tengo ni una adhesión al cine comercial ni tampoco al cine centrado en las preocupaciones del director. No quiero elegir bando.

Lo bueno del cine español actual, y que viene refrendado por mi experiencia fuera, por las conversaciones que tengo en festivales y mercados internacionales, es que hacemos cine diverso, heterodoxo. Abarcamos un gran abanico de temas y se están haciendo muy buenas películas.

 

¿Ha encontrado el cine español vías perdurables de conexión con su público?

Mi opinión es que nunca hemos perdido el contacto con el público. Pero sí ha habido una tendencia en los medios a negar ese contacto, provocada por una determinada situación en parte económica y en parte política. Ha habido un intermediario que ha provocado esa sensación por razones ajenas al cine. Lo primero que debemos hacer es evitar esa mediación política y económica, y centrarnos en quien realmente necesitamos y que nos necesita: cine y público.

 

En los últimos años has encadenado cinta tras cinta, de hecho estrena El bar con su próxima cinta, Perfectos desconocidos, ya rodada, ¿es una cuestión de rapidez de trabajo?

Para nada, las dos películas me han costado mucho tiempo y esfuerzo. Es una cuestión de organización, de solapar procesos. Ahora estoy de promoción y al mismo tiempo posproduciendo, mientras estaba escribiendo Perfectos desconocidos posproducía El bar… Esa organización es un avance respecto a la manera de hacer que tenía años atrás. Estoy consiguiendo vivir haciendo cine constantemente, sin la angustia –que hemos vivido todos– de estar esperando a que salga lo siguiente. En ese sentido me siento muy, muy privilegiado.

 

Imagino que ayuda contar con una productora propia. 

Claro. No depender de los demás, buscar tú los medios para que los proyectos salgan como pretendes… Trabajar con diferentes compañías, solventar los procesos de producción entre proyectos, saber delegar… Son cosas que te da la experiencia y estoy aprendiendo muchísimo. Y es muy satisfactorio tener capacidad de producción, de levantar proyectos de otros. Y producir a nuevos talentos como Eduardo Casanova, Zoe Berriatúa o Juanfer Andrés y Esteban Roel. En abril comenzamos el rodaje de la segunda película de Zoe Berriatúa; estamos preparando un rodaje en México con Carlos Moret… Para levantar nuestro cine la cuestión es organizarse y trabajar, y no preocuparse de quién tiene la culpa, como pasa en El bar.

 

Las películas que apoya como productor tienen en común ser óperas primas, y además no precisamente fáciles. 

Para eso están los demás. Es como cuando me dicen que mi cine es excesivo, contesto que ya hay un montón de gente haciendo cine “como dios manda”. A mí me apetece producir películas que no sean fáciles, con las que pienso: si yo no les apoyo, esto no se hace. En el caso de Pieles, no tiene ayuda del ministerio, no tiene ninguna cadena de televisión detrás… La hemos financiado de otra forma, hemos buscado nuevas fuentes. Trabajando con plataformas digitales, aprovechando la fuerza que tiene Eduardo en la red. Estamos abriendo nuevos caminos, y creo lo importante es no pensar “quizás esto no convenga”. Precisamente porque no conviene hay que hacerlo.








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