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Sentados en la butaca de un cine

El primer museo de cine profesional y tecnológico de España cumple su año y medio de existencia

02/07/2013
Sentados en la butaca de un cine

Carlos Jiménez    ©Rocío Jiménez

Luz, cámara, ¡acción! Gracias a la fascinación que el cine despertó en él desde la infancia, Carlos Jiménez ha dedicado su vida a hacer acopio de objetos, máquinas y artefactos relacionados con el séptimo arte. La tenacidad y la pasión de este coleccionista y empresario ha dado a la localidad madrileña de Villarejo de Salvanés un museo único en su especie, el primero de cine profesional y tecnológico de España. Parada obligada para los amantes del cine, este centro que abrió sus puertas hace año y medio acoge auténticas joyas –proyectores de 200 años de antigüedad, entre ellos, los primeros que hubo en nuestro país y  dos puestos completos de proyección de los hermanos Lumière– y tiene como finalidad mostrar el cine como arte y entretenimiento, y también como patrimonio cultural y vehículo de información. Por Chusa L. Monjas




De exhibidor cinematográfico, sector en el que trabajó durante cuatro décadas, a director de un museo. Jiménez, un convencido de que el cine es de todos, transmite su entusiasmo cuando habla de su vasta colección, desde los uniformes de los acomodadores a los giradiscos o nuevos sistemas sonoros, pasando por los 22.000 afiches, programas de mano o carteleras encartonadas. Y entre las 150 cabinas de cine que compró de las salas que cerraban en España, zoótropos, praxinoscopios, linternas mágicas, ruedas de Newton o Faraday, espejos mágicos, caleidoscopios, cámaras oscuras y el kinetoscopio de Edison, el visitante se deja llevar por el fenómeno de “ir al cine. El trato directo con las personas que vienen al museo es muy enriquecedor. Nos visitan asociaciones culturales, personas que han visitado museos de cine en otros países, colegios, escuelas de cine de todas las disciplinas, aunque muy especialmente las técnicas.Aquí también hemos celebrado varios cumpleaños de operadores”, explica el padre de este deslumbrante espacio, ubicado en el que fue el cine París, una de las 13 salas que fueron propiedad de su familia.

 

La evolución de la técnica cinematográfica, desde las sombras chinescas a las máquinas más modernas de proyección. Esta es la propuesta del museo creado por Jiménez, al que siempre preguntan cuánto cuestan los proyectores, si éstos funcionan y que piensa su mujer de su amor por el cine. El cinéfilo no quiere entrar en cifras, aunque apunta que algunas de las piezas son “de gran valor”, y cita la cámara Lumiere 234, la más antigua de España, con su caballete, linterna… “Está completa, con todos los accesorios, tal y como funcionaba en su época”, cuenta Jiménez, que con ocho años ya controlaba la cabina de proyección del cine, limpiaba los restos de películas y guardaba las piezas cinematográficas que se encontraba. “Todos los pueblos de España de más de 3.000 habitantes tenían una sala de cine, y yo los he recorrido todos. Y luego están las subastas, que no es ningún mérito porque depende de los ceros que pongas en el talonario. Mi pasión no me ha salido barata porque he empleado mucho tiempo en buscar, negociar, transportar, almacenar y restaurar los objetos que he ido recopilando toda mi vida”.

 

Como la crónica de una muerte anunciada define el fundido a negro de los cines rurales españoles españoles. “En los ochenta, con la aparición del vídeo y las televisiones privadas, empezó el declive. Luego, la apuesta por las multisalas, ha hecho imposible su mantenimiento porque no hay tanto público. Sin olvidar la piratería y que el cine no es barato. Antes, todo el mundo iba a ver una película los domingos”, comenta con nostalgia este coleccionista empeñado en que una de las salas del museo vuelva a ser un cine. “Mi intención es rehabilitarla para proyectar películas de estreno. Pero la inversión es grande por la tecnología digital y no sé si sería rentable”. Vuelve la vista atrás y cuenta que el Cine París programaba películas de estreno desde su apertura, en agosto de 1966, con Cuatro tíos de Texas, sesión que reunió a 1.000 personas en un aforo de 450 localidades. “La gente venía con las sillas de su casa”, recalca Jiménez, que echó el telón del París en diciembre de 2004, con la exhibición de Mar adentro. “Solo vinieron 15 personas”.

 

Buen conocedor del Museo Tomàs Mallol en Gerona –“que es exclusivo del precine y que surgió en un momento en el que no se conocía el valor que actualmente tiene la precinematografía”– y de la colección de Josep María Queraltó –“que es similar a la mía”–, Carlos Jiménez tiene en el museo solo el 20% de su colección, el otro 20% está en un parque temático de Almería y el resto viaja a festivales y otros centros bajo el formato de exposiciones itinerantes. A su propia cosecha se unen donaciones. “El otro día me entregaron un cinexin. Yo solo quería dedicarme al cine profesional, pero me ceden Super-8 y 16 mm., incluso tengo el carnet de un operador que firmó Carlos Arias Navarro cuando fue director general de Seguridad, y también piezas históricas del director de fotografía Vicente Minaya, corresponsal de No-Do.

 

Enseña la historia del cine a través de las máquinas –“en Francia hay ferias especializadas en este tipo de objetos”– y también de los afiches. De los más de 22.000 que posee, se queda con el de Marcelino pan y vino “porque es el que más recuerdos trae a los que visitan el museo.Es una película del 55 y viajó fuera, y en algunas televisiones extranjeras se sigue emitiendo”, apostilla Jiménez, que también tiene una muestra de afiches de las 70 películas españolas mas premiadas de los Goya en los últimos 25 años.

 

De entre sus muchos tesoros, habla de la cámara Lumiere, “de las que se construyeron 400 y están localizadas 200, pero no es una pieza única. Sí lo es la primera cabina con sonido gramofónico con el que se estrenó El cantor del jazz –primera película cine sonoro– y los discos originales de Melodía de Hollywood. Hiperactivo y con memoria enciclopédica, Jiménez ha escrito un libro sobre el museo y una novela, ‘Sentados en la butaca de cine’, dedicada a su padre, Andrés, al que acompañaba de pueblo en pueblo exhibiendo películas. “Él si que era Salvatore, ese niño que creía que el cine era magia en el filme de Giuseppe Tornatore, Cinema Paradiso. Fue un aventurero que presentó filmes en cines sin techo. Viví con él la proyección de la película en una sala que luego se convertía en un salón de baile, y como se calentaba el espacio con dos bidones a cada lado de la pantalla echando fuego”.

 

A su padre le gustaban las películas “que daban dinero. En el cine París ponía todos los domingos una del Oeste porque era un cheque en blanco. Ese cine de tiros…”, rememora Jiménez, que tiene muy presente la primera historia que vio, Pachin, y la última que le ha atrapado, La invención de Hugo, “porque es una forma muy bonita de enseñar lo que es el cine. Algunas de las piezas que salen en ese filme, las tengo en la colección”.

 

LA ILUSIÓN

 

Lamenta que se esté perdiendo el hábito de ir al cine. “Antes, en el hall de entrada tenías las fotos de las estrellas que participaban en la película, el póster promocional anunciando lo que ibas a ver, el telón se abría lentamente, las luces se apagaban poco a poco, había descanso y el acomodador desinfectaba con ozono el cine y, si te descuidabas, también a ti. Podías comprar las palomitas en tu butaca… Era un ritual, no era ver una película, era el espectáculo cinematográfico. El cine es un centro de reunión social, no es solo ver las imágenes en movimiento, porque si ponían una de risa y había mil personas, pues te contagiaban la emoción y todo el mundo se dejaba llevar por lo que veía en la pantalla. Además, antes se esperaba el estreno, estabas impaciente por saber qué echaban, y ahora no sabes lo que ponen. No hay la ilusión de antes, y eso vale más que lo que vas a ver.

 

Por amor propio creo un museo sin ayuda. Su espina es que las instituciones públicas no se han implicado en este centro que le ha valido premios –a la Mejor Labor de Difusión del Cine en España y el galardón de la Fundación Lumière en 2010– y para el que quiere una continuidad. “No sé qué harán mis hijos, el coleccionista soy yo”, recalca este mecenas que se montaba en el coche y recorría 500 kilómetros para traer a casa máquinas de más de 1.500 kilos.








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